DANIEL KELLY: Aprender a hacer vino para desaprenderlo todo.
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Daniel Kelly no llegó al vino por una ruta académica tradicional ni por herencia familiar. Llegó por curiosidad, por cercanía y por estar en el lugar correcto en el momento correcto. Estudiaba gastronomía en Ensenada cuando le tocó hacer prácticas en un restaurante dentro de una vinícola. Ahí, entre servicio y cocina, empezó a cruzarse cada vez más con la bodega. “Me hice muy amigo de los chicos de la bodega y empecé a trabajar ahí. Todo lo aprendí empíricamente” Con el tiempo terminó siendo el encargado de la bodega. Ahí fue donde el vino dejó de ser un complemento y se convirtió en su centro.
Sus primeras experiencias fueron dentro de proyectos pequeños y familiares, con procesos de mínima intervención, aunque todavía lejos de lo que hoy entendemos como vino natural. Sin embargo, algo le empezó a hacer ruido: todos los vinos se parecían entre sí. “Me daba cuenta de que todos tenían la misma fórmula. Todos habían aprendido a hacer vino en el mismo lugar, con las mismas ideas, no existía una cultura de experimentar o cuestionar.” En Baja California no había demasiados referentes distintos; el vino “bueno” era el que se parecía a California.
El primer vino natural que recuerda haber probado fue Bichi, pero el verdadero quiebre vino cuando decidió salir de México. Viajar a Nueva Zelanda, Chile y otros países le abrió la puerta a bodegas pequeñas que abordaban el vino desde otro lugar: fermentaciones espontáneas, sin sulfitos, procesos menos intervenidos y una búsqueda clara por expresar el sitio. “Me fui dando cuenta de que me gustaba más la expresión, la energía de estos vinos. Representaban mejor el sitio”. Ahí entendió que lo que le atraía no era solo una técnica, sino la energía del vino. “Cuando dejé de usar insumos para el vino descubrí que el vino se expresa mejor, con más electricidad”. Fue la curiosidad, y la gente que fue encontrando en el camino, lo que lo llevó naturalmente hacia el vino natural.
El regreso a México no fue fácil. El recibimiento fue duro. Había mucha resistencia, sobre todo de productores de generaciones anteriores. Para muchos, un vino que no se pareciera a un tinto concentrado, con madera y estructura “californiana”, era simplemente un vino malo. La idea de no sulfitar, no filtrar o dejar que el vino se expresara sin maquillaje era impensable. “Decían que no se podía hacer vino bueno sin sulfitar, sin filtrar”. Distribuidores acostumbrados a Rioja, Burdeos o Napa tampoco estaban interesados en algo tan distinto.
Daniel reconoce que los primeros vinos que hicieron eran más extremos. “La verdad es que los primeros vinos que hice eran más funky que lo que hago ahora”. El aprendizaje ha sido largo y honesto. Con el tiempo entendió algo clave: “que un vino sea natural no lo hace automáticamente bueno”. El objetivo nunca fue justificar defectos bajo la etiqueta de lo natural, sino lograr algo mucho más exigente: “Lo que buscamos y hemos logrado, después de mucho trabajo y mucho esfuerzo, es hacer vinos buenos, que además son naturales”.
Incluso dentro de la comunidad nacional de vino natural hubo fricción al inicio. Muchos estaban profundamente enfocados en el vino europeo y en la noción de “vino de sitio” como algo difícil de reproducir en Baja. Daniel insistió. “Siempre fui muy movido, de tocar puertas. Muchos me hicieron el fuchi”.. Con el tiempo, esa validación llegó. “Aprendí que necesitas tiempo para validarte, y ya pasado ese tiempo todo fluye mejor”.
A nivel internacional, el camino tampoco ha sido sencillo. En un mundo donde muchas bodegas llevan generaciones haciendo vino, los productores no europeos suelen ser vistos con cierta reserva. Pero, como él mismo dice, hay un punto en el que el trabajo constante termina hablando por sí solo.
Sobre el consumo de vino natural en México, Daniel ve una evolución clara. Su proyecto ha crecido año con año, permitiéndole experimentar más y trabajar con distintos viñedos. “El consumo ha crecido y el turismo ha ayudado mucho”, explica. Aun así, reconoce que el malinchismo sigue presente. “Queremos que el consumidor mexicano voltee más a lo local, y es un trabajo que le toca a nuestra generación”.
En el futuro, no imagina una industria obsesionada con crecer en volumen. “Pienso que los productores de vino natural, aun pudiendo crecer, se van a enfocar en hacer mejor vino”. Crecer demasiado rápido puede traer vinos descuidados, menos precisos. La calidad, dice, debe ir antes que la escala.
Cuando se le pregunta si se ve haciendo vino para siempre, la respuesta es clara. “Sí me veo haciendo vino para siempre, tengo muchas metas en mente. Tener un viñedo, plantar más variedades, tener relaciones más fuertes internacionales con los productores. Quiero ser una pieza importante a favor de los campesinos, productores, de representar el sitio”.
Incluso piensa en el lado estructural: lograr que el vino sea más accesible, empujar cambios con el gobierno, bajar impuestos, mejorar las condiciones para quienes vienen detrás. “Quiero mejorar la situación en general. Que el legado que quede sea el de dejar un camino un poco más fácil para la siguiente generación.”
Más que botellas, Daniel Kelly está construyendo algo más profundo: una forma de hacer vino honesta, crítica y profundamente ligada al lugar del que viene.