SILVANA PIJOAN, desde el origen
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Antes de pensar en estilos, etiquetas o discursos, Silvana Pijoan aprendió el vino desde la raíz. Su historia comienza en Vinos Pijoan, la pequeña vinícola familiar que su padre fundó en los años noventa en el Valle de Guadalupe y que, con el tiempo, se convertiría en una referencia del vino mexicano. Crecer ahí significó entender el vino no como un producto, sino como un oficio cotidiano, íntimo y profundamente ligado a la familia. Aún hoy, Silvana forma parte activa de Vinos Pijoan, y todo lo que ha construido —incluyendo su camino hacia el vino natural— nace de ese aprendizaje inicial, del respeto por el trabajo de su padre y de una bodega que le enseñó que el vino se hace con tiempo, intuición y compromiso con el lugar.
Durante muchos años, ese universo fue el único que conoció. El vino del Valle de Guadalupe,el que se hacía en casa, el que se compartía en familia, el que se trabajaba vendimia tras vendimia, definió su educación sensorial y emocional. “Crecí tomando vino del Valle de Guadalupe y eso era todo lo que conocía”. Con el tiempo, y ya con una mirada más consciente, empezó a sentir una inquietud difícil de nombrar. No era rechazo, sino repetición. “Llegó un punto donde el vino me empezó a aburrir. Me daba igual si era de Francia, China o Argentina, siempre era el mismo perfil. Un blanco, un rosado, un tinto con barrica. Todo muy lineal”. Esa sensación no la alejó del vino, pero sí la empujó a hacerse preguntas y a buscar, desde el mismo amor por el oficio que aprendió en casa, otras formas de entenderlo.
Viajar fue el punto de quiebre. Al recorrer distintas regiones como Europa, Chile, Argentina, Silvana se encontró con otros estilos, otras narrativas, otras formas de entender el vino. Ahí descubrió que el problema no era el vino en sí, sino la repetición. La falta de sorpresa.
Aunque su familia no producía vino natural, Silvana fue consciente que el trabajo de su padre siempre se había alejado de la enología industrial. “Reconocí que aunque mi papá no hacía vino natural, sí estaba haciendo vinos diferentes de baja intervención.” Fue a partir de empezar a beber vino natural que se le abrió un nuevo lenguaje sensorial. “Me abrió la puerta a las texturas, a la energía. Entendí que más allá del varietal, lo importante era el discurso que se construía con el vino”.
El vino natural, para Silvana, despertó algo más profundo: la curiosidad por el origen. “Te hace querer saber quién es el productor, de dónde viene la uva, qué hay detrás”, dice. Esa inquietud fue la que la llevó a preguntarse cómo traducir esa filosofía a su propio territorio.
Al inicio, su intención no era crear etiquetas propias. Su plan era aprender, perfeccionar y continuar el legado familiar. “Quería seguir haciendo los vinos de mi papá, crecer su proyecto”. Pero el vino, como ella misma lo describe, es profundamente personalizable. Y ese proceso de preguntas constantes terminó llevándola a otro lugar. Hasta que su propio padre la empujó a empezar su propio proyecto. “Me dijo que mejor hiciera mis cosas y lo dejara en paz”, recuerda entre risas.
Ese gesto fue clave. Para ambos, también significó aprender desde la experiencia y descubrir “lo rico que puede ser” abrirse a nuevas formas de hacer vino.
Cuando Silvana lanzó su primer vino, Árbol de Fuego, tenía muy claro lo que buscaba emocionalmente. “Tenía muy marcada una frase: no todo tiene que ser tan intenso”. Venía de una educación sensorial dominada por vinos complejos, robustos, estructurados, y su paladar pedía lo contrario. “Quería sutileza, vinos más de diario, que me acompañaran a mí, no que yo tuviera que acompañar al vino”.
En esa primera etapa, su exploración se movía hacia blancos y rosados, perfiles amables, alcoholes bajos y complejidad desde la delicadeza. Con el tiempo, ese gusto también evolucionó. Hoy, Silvana reconoce que ha regresado, desde otro lugar, a aquello que antes la tenía aburrida. “Ahora me gustan mucho las texturas, las astringencias, los aromas reductivos. Cada vez me atrae más esa complejidad y todo de lo que antes huía”.
Sobre su papel como mujer dentro del vino natural en México, Silvana es cuidadosa. No se asume como pionera absoluta. “Hay personas antes que yo y he aprendido mucho de ellas y de la comunidad”, dice. Aun así, reconoce que cuando inició su proyecto, eran pocas las personas visibles dentro del movimiento. “Sí fui de las primeras mujeres a las que se les dio visibilidad”.
Ese proceso ha sido orgánico. “Trato siempre de aprender haciendo y me da mucho gusto que, en ese proceso, la gente haya probado los vinos y se hayan identificado y acercado más al vino mexicano en particular.”
Al observar el presente de la industria, Silvana nota un cambio claro. “Ahorita se está buscando más limpieza en los vinos”, explica. La etapa en la que lo natural se asociaba automáticamente con lo funky parece estar quedando atrás. El consumidor es cada vez más exigente, incluso dentro del vino natural. Al mismo tiempo, ve una coexistencia creciente entre vinos naturales y vinos convencionales de baja intervención. “Está padre que la gente pruebe de todo”, dice, aunque advierte la importancia de entender realmente qué hay detrás de cada vino. “No todo lo que está en una carta de vino natural, necesariamente lo es”.
Si pudiera cambiar algo del sistema, lo tiene claro: los impuestos. “Me gustaría que el vino se considerara más como un alimento y no tanto como un destilado”. Para ella, esto tendría un impacto directo en el consumo local. “Que el mexicano promedio pueda tener vino en la mesa siempre”.
Sobre el lugar que ocupa hoy el vino natural mexicano en el mundo, su lectura es optimista. Después de décadas influenciadas por modelos como Napa o Burdeos, México está viviendo una etapa más experimental, más conectada con su origen. “Estamos en un punto más experimental, más de regreso al origen, voltear a ver variedades más antiguas o adaptadas y eso en el mercado internacional está siendo muy bien recibido.”
A eso se suma un contexto político y cultural que ha despertado curiosidad y empatía hacia México. “Mucha gente que nunca había probado vino mexicano se está animando, y se lleva una buena sorpresa”.
Mirando hacia adelante, sus metas son claras, aunque no simples. Tener tierra propia sigue siendo un gran sueño y un reto en una región donde el acceso es cada vez más costoso. A nivel personal, quiere profundizar en la congruencia entre discurso y acción. “Quiero enfocar mi energía en la sustentabilidad”. Desde el manejo del agua hasta los procesos en viñedo y bodega, Silvana está en un momento de aprendizaje constante. “Estoy aprendiendo más sobre agricultura y sustentabilidad. Es un proceso”.
En su forma de hablar, queda claro que su proyecto no se construye desde la prisa, sino desde la atención. Vinos que cambian con ella. Vinos que, como su propia trayectoria, entienden que evolucionar también es una forma de fidelidad.